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Todo lo bello. Carla Santángelo

Av. Rivadavia. Tú te paras frente a la boca del subte, que está cerrado. No sé cómo llegar hasta mi casa. ¿Te das cuenta? Mañana te irás o pasado mañana te irás y me quedo aquí en esta ciudad en la que aparentemente estoy viviendo. Vivo en Buenos Aires, ¿es cierto? Un día elegí esta ciudad y ahora no sé por qué pero la cúpula del Congreso es una figura extraña que rompe el cielo.  

Recién vimos El silencio es un cuerpo que cae en el Gaumont. Las dictaduras militares arrasan con el capital humano de los pueblos, te digo, y tomas un poco de tu cerveza. Algo me ahoga por exceso. Tú también entraste en este estado de confusión cuando terminó la película, pero tú hablas. Una mujer embarazada (su embarazo me asombra) habla con un hombre y dice que irse a Costa Rica no le hizo feliz. El hombre grita que no se trata del pasaporte lleno de sellos, sino de romper el mandato. Quisiera estar en otro lugar, como siempre, pero dónde voy a estar si no es aquí. No recuerdo qué me arrastró hasta este lugar ni cuál es el mandato ahora ni qué tengo que romper. Cuál es el vaso que me sobra, cuál es el cristal que corta más, la sangre que cae despacio y hace un dibujo precioso.

Papá podría haber desaparecido en aquel cumpleaños. Quiero decir: los militares podrían haber hecho desaparecer a mi padre en aquella noche de 1977. Me gustaría que él recuerde que no desapareció; que desaparecieron tantas otras, tantxs otrxs que se parecían a él. Caminamos por Callao y tú insistes en sacar plata y tengo ganas de reír a carcajadas para sacarme este misterio, para que salga de mí la imagen del backstage. El dolor siempre silencioso. El dolor siempre antiguo. Es tan placentero no poder decir, a veces, de tan grande que es lo que nos pasa.

Te hice caso y llamé a mi abuela. Estuvo pasando el día en el Delta. Está deprimida porque nunca podrá pertenecer. Así como te lo cuento: que su destino es no pertenecer. También me dijo que no me entregue del todo, que guarde algo, una raíz (usó esa palabra) que pueda sostenerme. Ella está aquí, en su país de origen, y siente el desarraigo más fuerte que antes. Vivió siempre con intensidad. Vivirá siempre en la memoria de sus relatos como cuando pilotó un avión con el Chicho Martín. Quedará un rastro de ella en Castelli y Corrientes, en San Rafael de Mendoza, en la casa donde pasó miedo y las lágrimas le salieron disparadas de los ojos. En su historia estoy yo y viceversa, pero ella nació antes. En su historia me temo. En su final. ¿Le diré a una nieta, a una niña desconocida, a alguien le diré que no logré pertenecer? ¿Que pasé la vida de un puerto a un mar a una ciudad a una llanura y que no me arrepentí de nada?

-¿Qué quieres filmar?

-Tus manos, la luz

Pasé mucho tiempo pensando que no me podía ir de Argentina. Si me iba de aquí me invadirían la culpa y la nostalgia. Subirían los precios, la inflación se lo comería todo y yo en otro lugar tomando un vino blanco. Cualquier cosa me parece una trampa del inconsciente para traerme de vuelta al mismo estado de confusión. ¿Quién me trae a dónde, quién me suelta la mano, tú me sueltas, quién me abandona sino mi otra que soy?

Este texto es un fragmento del libro de cartas en preparación Todo lo bello.

Fotografía de Giuliana Santoli.

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