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Isadora Duncan. Mi vida.

Isadora Duncan (1877-1927) fue bailarina, coreógrafa, madre de la danza contemporánea, autodidacta, viajera. Recorrió el mundo mostrando sus ideas sobre el baile, en gran parte influidas por el arte griego y el expresionismo. Hizo evolucionar los temas clásicos de la danza hacia la muerte y el dolor. Sobre el escenario, su puesta en escena era revolucionaria; sobre la vida y el amor, fue discreta a veces, extravagante, otras. Su único libro son estas memorias: Mi vida.

 

He necesitado años de lucha, de estudio y de duro trabajo para aprender un simple gesto; y en cuanto al alte de escribir, conozco lo suficiente para comprender que necesitaría de nuevo otros grandes años de esfuerzo concentrado para redactar una frase bella y sencilla. He pensado muchas veces que un hombre podría llegar él solo al Ecuador, y luchar heroicamente con leones y tigres, y fracasar luego en su tentativa de escribir el relato de lo que vio y vivió. Y viceversa, otro hombre que no hubiese salido nunca de su hogar, podría acaso describir la muerte de los tigres en la selva con un arte que transmitiera a sus lectores la sensación de hallarse en el propio lugar de la lucha, compartiendo sus temores e infortunios, percibiendo el hedor de los leones y escuchando el espantoso ruido del crótalo que se acerca. Parece que nada existe si no es en la imaginación, y todas las cosas maravillosas que a mí me han ocurrido pueden perder su sabor si yo no tengo la pluma de Cervantes o, por lo menos, de un Casanova.

Y aún más. ¿Cómo podemos escribir la verdad sobre nosotros mismos? ¿Es que acaso la conocemos? Hay la visión que nuestros amigos tienen de nosotros: la visión que tenemos de nosotros mismos, y la visión que nuestro amante tiene de nosotros. Hay también la visión de nuestros enemigos. Y todas ellas son diferentes. Podeo una gran experiencia sobre todo esto: muchas mañanas me han servido con el café críticas de periódicos en que se me decía que era un genio y bella como una diosa, y apenas había terminado de sonreír satisfactoriamente cuando cogía otro periódico y leía que yo no tenía ningún talento, que estaba mal hecha y que era una perfecta arpía.

 

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Algunas veces se me ha preguntado si creía yo que el amor era superior al arte, y he contestado que no podía separarlos, porque el artista es el amante único, el único amante que tiene la pura visión de la belleza, y el amor es la visión del alma al contemplar la belleza inmortal.

 

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Tendida aquí en mi lecho, en el Negresco, quiero analizar eso que llaman Memorias. Siento el calor del sol del Mediodía. Oigo las voces de los niños que juegan en el parque vecino. Barrunto el calor de mi propio cuerpo. Dirijo la mirada hacia mis piernas desnudas, mientras las estiro; hacia la dulzura de mis senos; hacia mis brazos, que nunca están quietos sino que flotan en suaves ondulaciones, y me doy cuenta de que estoy cansada desde hace doce años. Este pecho encierra un dolor incurable; estas manos que aquí tengo están marcadas por la tristeza, y cuando estoy sola, estos ojos tienen una rara sequedad. Las lágrimas han brotado durante doce años, a partir del día —hace doce años— en que tendida en otro lecho fui repentinamente despertada por un gran alarido, y en que, al volverme, vi a L. que gritaba, como un hombre herido: «Han matado a los niños».

 

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El carácter de un niño está ya en su plenitud en el seno de la madre. Antes de que yo naciera, mi madre sufría una gran crisis espiritual: su situación era trágica. No podía tomar ningún alimento, excepto ostras y champaña helados. Si se me preguntara cuándo empecé a bailar, contestaría: «En el seno de mi madre, probablemente por efecto de las ostras y del champaña —alimentos de Afrodita».

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