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Ella. Begoña Sieiro

2.

Cuando más disfruto la casa, con esa sensación interna de satisfacción real y hasta alegre, es cuando está en silencio.

Últimamente rara vez pasa. Entre el niño, el hombre y los ruidos de la obra vecina, los silencios de los que disfrutaba antes se han vuelto escasos. Ahora los tengo que buscar, que encontrar, que provocar más bien. Y son en las madrugadas.

Sólo puedo escribir en el silencio. El silencio de los ruidos ricos. El de los ruidos naturales. En El Jericó, si no hay campistas alrededor. En la playa, cuando el mar silencia lo demás. En mi casa, al amanecer, cuando oigo sólo las respiraciones, los aviones y los ruidos anticuados de una casa que se niega todavía a despertar.

Las noches son impensables. El calor, mi cama y mi marido llamándome, con el cansancio arrebatándome las horas finales del día, lo vuelven imposible.

También la lectura parece haberse vuelto un tesoro preciado. Los ratos de ocio, de soledad y sin agotamiento, son casi inexistentes estos días, al grado de preferir la convivencia de otro adulto antes que un libro. Me hace sentir culpable pero así es.

Al perro lo tengo abandonado. Otra culpa que cuelgo y me da una punzada cada vez que me vuelvo a dar cuenta. No es justo, pero no puedo con todo. Espero que lo entienda. Los perros siempre comprenden. Y mi casa. Entre el dinero que ajusta, el agotamiento abrumador, el desorden que siempre regresa, pareciera que tengo que esperarme unos años para alcanzar ese momento en el que vuelva a la normalidad.

Hay tantas realidades que me dan culpa ahora. No es el catolicismo de mi infancia, es más bien la presión femenina actual. No por otras mujeres, o quizá sí, indirectamente, pero es más bien presión interna. Quiero leer, una relación de pareja palpitante, amistades profundas, trabajar, escribir con pasión, #serlamejormamádelmundoynomorirenelintento. Ser mucho.

¿Volverá algo a la normalidad?

Cuando más disfruto mi casa, con auténtico placer, es en las madrugadas. Cuando el silencio me dicta por la espalda y no hay nada ni nadie que me llame más allá de una taza de café, una lista de pendientes y un día más por empezar.

4.

Si recordara, no se repetiría. Una y otra vez.

En mi mundo eso significa la nostalgia: un montón de recuerdos en modo flashback con filtro vintage que prueban que otros han sido tiempos mejores.

Lo que realmente sucede, que me duele, me tizna, me enferma, me parte el alma, es que yo no soy quien creía ser. No soy la joven promesa que me dijeron que sería. No soy la pareja comprensiva, aceptadora e incondicional. No soy la madre dedicada y paciente. Ni siquiera soy la mujer fuerte y defensora de sus creencias que irónicamente siempre defendí.

No soy quien creía ser. Y ahora no tengo ni puta idea de quién es la que escribe esto, la que llora, la que se ríe de la ironía ni la que te extraña pero te corrió a patadas.

Y si no sé quién soy, cómo voy a saber con quién estoy, con quién quiero estar, qué deseo y qué odio. Cómo voy a saber hacer feliz a esta persona decepcionada que ha ocupado mi cuerpo y atrofia mi mente mientras se pudre mi alma con todas las lágrimas atoradas.

Solo que eso no es cierto.

Estos son los mejores tiempos. No recuerdo unos ojos más brillosos y una risa que me llenara más el corazón que esta. Me ha llegado a volcar la vida de cabeza, pero para bien. No conozco algo tan retumbante, tan sonoro, tan tácito como tener un hijo. Ver nuestras células transformadas en otro ser humano que brinca, aplaude, se queja y llora. Como tú. Como tú… ¿Es posible concebir eso realmente? Me he transformado en alguien más. Y me sigue transformando cada vez que ese pequeño ser respira.

Sí, me alegra cada vez que respira.

Todo lo demás ha dejado de importarme mucho. La furia, el miedo, el cansancio, las ganas de estar en otro lado, la nostalgia misma son conceptos irrelevantes y sin peso que preocupan a otros.

Así que en estos meses dejé de ser ella. Esa. Y al mismo tiempo fui más yo que nunca. Hurgué en lo más profundo de mi persona hasta encontrar la mejor versión, la desempolvé y me la puse para siempre.

Este texto pertenece a La desconocida que soy VOL. II

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