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El libro de la almohada. Sei Shônagon

Una dama de la corte de la corte del Emperador durante el periodo Heian (en el siglo X) escribe un diario y, sin saberlo, se convierte en una de las dos obras fundacionales de la narrativa japonesa. Ella era Se Shônagon y en El libro de la almohada (Adriana Hidalgo Editora, 2017) registraba el carácter efímero de la naturaleza, el paso del tiempo, las numerosas festividades a las que asistían mes a mes, el tacto y el color de los ropajes, el encuentro con sus amantes, un sinfín de nombres de árboles y de pájaros, la relación con la Emperatriz, los acertijos literarios, las pequeñas cartas escritas sobre una hoja de loto, el invierno y la nieve, la primavera y el cielo. Hasta ese momento, la literatura había sido el poema. Ella funda un nuevo género, el zuihitsu (literalmente, «al correr del pincel») que hoy sigue siendo uno de los más trabajados y difundidos de la tradición literaria nipona. Compartimos aquí algunos pedazos de este contemplar.

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Un buen amante se conducirá con elegancia tanto en la oscuridad como en cualquier otro momento. Se deslizará de la cama con una mirada de consternación. Cuando la mujer le suplique: «Vete, amigo, está aclarando. Nadie debe verte aquí», él lanzará un hondo suspiro revelador de que la noche no ha sido suficientemente larga y que abandonar a su dama lo hace sufrir. Ya de pie, no se vestirá de inmediato, sino que acercándose a su amada le susurrará todo lo que ha quedado sin decir durante la noche. Incluso ya vestido, se demorará ajustándose el cinturón con gestos lánguidos. Luego levantará la celosía y permanecerá con su dama de pie junto a la puerta, diciendo cuánto lamenta la llegada del día que los apartará, y huirá. Verlo partir en ese momento será para ella uno de sus más deliciosos recuerdos.

La elegancia de la despedida influye enormemente en el apego que tengamos por un caballero. Si salta de la cama, ronda por la habitación, se ajusta demasiado las cintas de su pantalón, se arremanga y se llena el pecho con sus pertenencias, asegurando enérgicamente su cinturón, comenzamos a odiarlo.

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El tercer día del Tercer Mes me gusta ver brillar el sol en el calmo cielo de primavera. Es el momento en el que los durazneros florecen y la vista es espléndida. Los sauces son también más atractivos en esta estación, con sus brotes todavía cerrados como gusanos de seda en sus capullos. Cuando se despliegan, pierden la gracia para mí; en verdad, todos los árboles pierden su encanto cuando los pimpollos se abren.

Un gran placer es cortar una larga rama bellamente florida de ciruelo y colocarla en un recipiente importante. Qué tarea tan deliciosa para cumplir cuando un visitante se halla sentado cerca conversando. Podría ser un huésped común, o posiblemente una de Sus Altezas, como por ejemplo los hermanos mayores de la Emperatriz, pero en cualquiera de los casos la visita vestirá una capa color ciruela, de cuya parte superior asomarán los vestidos que cubre. Más contenta me sentiría si pudiera apreciar la cara de una mariposa o un pequeño pájaro que revoloteara cerca de las flores.

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En primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen de un pálido rojo y purpúreos jirones de nubes flotan sobre las cimas.

En verano, las noches. No solo las de luna brillante sino también las oscuras, cuando las luciérnagas revolotean, y aun las de lluvia, tan bellas.

En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta a sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazón se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos.

En invierno, las mañanas. Por cierto bellas cuando ha caído nieve durante la noche, pero espléndidas también cuando el suelo está blanco por la escarcha; y, cuando no hay nieve ni escarcha y solo hace mucho frío y las criadas corren de una habitación a otra atizando el fuego y cargando carbón, ¡qué bien se corresponde la escena con la índole de la estación! Pero al mediodía nadie se molesta por mantener los braseros encendidos y pronto solo hay una pila de ceniza blanca.

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Cuando me imagino como una de esas mujeres que viven en su hogar, sirviendo fielmente a sus maridos —mujeres que no tienen la menos perspectiva interesante en la vida pero que creen ser perfectamente felices— siento un poco de desprecio. A veces son de buena cuna, pero no han tenido oportunidad de saber cómo es el mundo. Creo que podrían vivir por un tiempo en nuestro ámbito, y hasta asumiendo el papel de asistentes, de modo que pudieran conocer las delicias que nuestro mundo tiene para ofrecer.

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Cosas que emocionan

Pichones de gorrión. Pasar por un lugar donde juegan niños de pecho. Ver un espejo extranjero con su luna manchada. Una persona de alta condición detiene su carroza frente a mi casa, y ordena a su sirviente que solicite una cita. Encender un incienso muy bueno, y acostarme sola. Lavarme el cabello, maquillarme y vestir ropas perfumadas. En este caso me siento feliz y noble, aun cuando nadie me observe. Una noche que espero a mi amante, al escuchar el ruido de la lluvia en mi puerta y el golpeteo del viento, sin motivo y de repente me sobresalto.

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Cosas que suscitan una profunda memoria del pasado

Hojas secas prensadas de malva. Objetos usados durante el Festival de las Muñecas. Encontrar un retazo de tela color violeta oscuro o morado entre las páginas de un cuaderno.

Es un día de lluvia y me aburro. Para pasar el tiempo, comienzo a mirar papeles viejos. Y entre ellos me encuentro las cartas de un hombre al que una vez amé.

El abanico de papel del año pasado. Una noche de luna clara.

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Un predicador debe ser apuesto ya que, si hemos de comprender sus respetables sentimientos, debemos mantener nuestros ojos sobre él mientras habla, pues si miramos hacia otro lado, olvidaremos lo que escuchamos. Por consiguiente, un predicador feo podría ser fuente de pecado.

Pero la verdad es que debería dejar de escribir este tipo de cosas. Si todavía fuera joven, podría arriesgarme a sufrir las consecuencias por escribir estas impiedades, pero en mi actual estado de vida debo ser menos petulante.

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Cuando visité el templo Bodai para escuchar las Ocho Lecciones para la confirmación, recibí este mensaje de un amigo:
«Por favor, ven pronto. Las cosas son muy monótonas sin ti.»
Yo escribí mi respuesta en un pétalo de loto:

Aunque me ordenes ir
¿cómo podré abandonar estas hojas de loto húmedas de rocío
y regresar a un mundo tan lleno de pena?

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Cosas inapropiadas

Una mujer con una cabellera desagradable que viste un vestido de damasco blanco.
Colocarse flores de malva en el cabello crespo.
Una caligrafía sin gracia sobre papel rojo.
Nieve en los techos de los plebeyos. Sobre todo impropio cuando resplandece con la luna.

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Para encontrarse con el amante el verano es la estación apropiada. En verdad, las noches son muy cortas y la claridad avanza antes de que una haya pegado un ojo. Como todas las celosías quedan abiertas, permaneciendo acostados se puede ver el jardín en el frío aire matinal.

Quedan aún algunas caricias que intercambiar antes de que el caballero se retire, y mientras se murmuran cosas, de repente se escucha un ruido sordo. Por un instante están seguros de que han sido descubiertos, pero es solo el graznido de un cuervo que pasa volando por el jardín.

En invierno, cuando hace mucho frío y una está sepultada bajo la ropa de cama escuchando las amorosas palabras de su amante, es una delicia oír el sonoro gong de templo, que parece salir del fondo de un pozo. Los primeros cantos de las aves, que todavía ocultan sus cabezas bajo las alas, suenan extraños y en sordina. Luego los pájaros, uno tras otro, cantan respondiéndose. Placentero es yacer oyendo el sonido que se vuelve cada vez más nítido.

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