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Diario a bordo. Nahui Olin

Nahui Olin (Carmen Mondragón) fue una pintora y poeta mexicana y feminista que exploró ampliamente el erotismo, la sensualidad y la sexualidad en sus escritos. «Nahui Olin» significa «el quinto sol» en náhuatl, nombre que le ofreció su marido, el pintor y vulcanólogo, Gerardo Murillo, autor del cuadro de la portada.

 

DIARIO DE UNA BELLA EN SU PRIMER VIAJE

LUNES: Todas mis amigas vinieron a despedirme, que excitación.

MARTES: Ya estamos en altamar, me estoy divirtiendo mucho. He hablado con el capitán; qué apuesto y galante es.

MIÉRCOLES: El capitán trata de enamorarme y yo, por supuesto, no lo permití.

JUEVES: El capitán es un hombre determinado, me asegura que, si no lo dejo besarme, echará a pique el buque. Qué horror, Dios mío, ¿qué debo hacer?

VIERNES: He salvado la vida a la tripulación y a quinientos pasajeros que estuvieron a punto de morir.

 

. . .

 

BAJO LA MORTAJA DE NIEVE DUERME LA IZTATZIHUATL EN SU INERCIA DE MUERTE

Bajo la mortaja de leyes humanas, duerme la masa mundial de mujeres, en silencio eterno, en inercia de muerte, y bajo la mortaja de nieve– son  la Iztatzihuatl,
en su belleza impasible,
en su masa enorme,
en su boca sellada
por nieves perpetuas,–
por leyes humanas.–
Mas dentro de la enorme mole, que aparentemente duerme, y sólo belleza revela a los ojos huma- nos, existe una fuerza dinámica que acumula de instante en instante una potencia tremenda de rebeldías, que pondrán en actividad su alma encerrada, en nieves perpetuas, en leyes humanas de feroz tiranía.– Y la mortaja fría de la Iztatzihuatl se tornará en los atardeceres en manto teñido de sangre roja, en grito intenso de libertad, y bajo frío y cruel aprisionamiento ahogaron su voz; pero su espíritu de independiente  fuerza, no conoce leyes, ni admite que puedan existir para regirlo o sujetarlo bajo la mortaja de nieve en que duerme la Iztatzihuatl en su inercia de muerte, en nieves perpetuas.–

(Óptica cerebral. Poemas dinámicos.)

 

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LA VIDA BAJO LA SENSACIÓN DE VACÍO

–Como la vida es monótona, nada me cautiva, todo me aburre.–Soy una víctima de la necesidad de amar y de comprender esa prisión que es este mundo. Ese suplicio se debe a que nada me es suficiente. He amado tanto que todas mis fuerzas se han agotado; ya no tengo amigos: mis intimidades son demasiado secretas para que alguien las penetre. Todo me es indiferente; no ambiciono nada, ni siquiera la muerte.

–Nada me es nuevo, he abusado demasiado de mis sensibilidades. Tengo un deseo ardiente de correr como una insensata a través de una selva virgen, allá gritaría con todas las fuerzas de mi alma, lloraría un mes, un año, hasta recaer en la tranquilidad, allá pensaría mucho, ya no vería a nadie y estaría sola con todo un nuevo mundo maravilloso tal como soy; y no tendría más escalofríos al oír las palabras que no dan remedio a mi mal. Recuerdo Francia, ¡oh! Francia querida, lugar de ilusiones, me moriría si no te volviera a ver. Hace mucho tiempo que dejé el mundo, quiero apartarme de los humanos para vivir en la soledad de tus multitudes. París, ¡oh! Paraíso de toda inteligencia grande o pequeña, eres huésped complaciente de un palacio de magias que se llama París.–

Cuando pueda contemplar el horizonte sin una palabra que me turbe, ¿me bastará el océano entero para distraer, sumergir mis dos ojos en el mar? Necesito interrogar a mi espíritu, comprenderlo. En mi casa vivo muriendo, navegando por el océano sin saber adónde, sin hallar las miradas de mis padres o de mi familia. Detesto el yugo, sea el que sea y venga de donde venga. Quiero ser, conservar mis sensaciones en un invernadero caliente como mi corazón.–

¿Por qué escribir todavía, haciendo garabatos siempre sobre una hoja de papel? Mi mano quiere traducir mis pensamientos; el infinito puede resumirse en una frase, una hoja, un libro, una biblioteca, nosotros no podemos comprender tampoco el infinito, y los vocablos, las palabras que sirven apenas para expresar las necesidades de nuestro cuerpo son elementos inadecuados para alcanzar una distancia sub límites, una duración sin fin. Ésta es la razón por la que, al querer traducir mis pensamientos en palabras, ellas son opacas, sin armonía alguna como la de los sonidos. Las vibraciones de nuestro cerebro llegan así a este otro mundo que no es nuestro infinito.–

(À dix ans sur mon pupitre)

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