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Desde mis rincones. Silvia Campos.

 

Otra noche como muchas que no logro dormir. ¿Cuántas personas más estarán ahora igual que yo? Recorriendo de un extremo a otro su cama, como si fuera una piscina olímpica, sabiéndose perdedores desde el principio.

Es lo que nos dejan los tiempos que vivimos o, mejor dicho, los tiempos a los intentamos sobrevivir.

Yo creo que ningún tiempo ha sido mejor y por lo visto, tampoco lo será. La humanidad parece estar condenada a repetirse, el «eterno retorno», esa visión circular del tiempo. Hay un principio del tiempo y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio para que todo vuelva a suceder.

Se puede decir que de alguna manera todas y todos somos Sísifo. Vivimos en el absurdo de una conquista sin esperanza. Subimos la piedra con la esperanza de que no se nos venga encima otra vez.

Abro paréntesis:

simplemente soy yo intentando dormir.

He decidido escribir en las horas que no logro alcanzar el sueño. Si alguien tiene la suerte (buena o mala) de leer esto, que sepa de antemano, que no pretendo construir una fábula, ni se va a encontrar con una retórica exquisita. Soy yo, solo yo, intentando dormir, como muchas otras personas en este momento. Justo se me ocurrió escribir a modo de diario para deshacerme de todos los pensamientos, dudas, miedos, ideas e inquietudes que me espantan el sueño. Creo que dejando parte de ellas (lo que pueda) en el papel, dejarán de molestarme por un tiempo.

 

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Al parecer estoy en la lucha con mis fantasmas, ya no se quedan debajo de mi cama amenazando con aparecer. Ahora ya me miran a la cara, conocen mi nombre, apellidos, y estoy segura de que saben cuál es mi talón de Aquiles. Yo por el contrario cuento con unas cuantas pistas que se me desordenan cada vez que las pongo sobre la mesa.

En esta pelea que tengo con mis preguntas, llevo las de perder. Cada vez que logro arrinconar alguna pregunta en un callejón oscuro y la amenazo con mi respuesta, me saltan por la espalda otras tres preguntas más. Terminan tirándome en el pavimento húmedo y hediondo del callejón sin respuesta.

Llevo días sintiendo una inconformidad. No sé si soy yo o es el mundo… hay demasiado paripé en la vida y es fácil confundirse.

Para nadie es un secreto que cuesta estar aquí, de pie.

 

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¿Y si en vez de tratar de encajar en un mundo absurdo, de medidas ridículas y morales cuestionables, nos enfocamos a liberarnos de los miedos que hemos ido arropando por años?

 

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Hay que ver con qué falta de cariño se destroza mi endometrio cada mes.

 

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¿Cuántas personas estaremos ahora en este estado? Ese momento en que pierdes el camino, que las señales, todas las señales, se vuelven confusas, borrosas o indescifrables.

Estoy en esa habitación oscura, no sé cómo está mi cuerpo. No reconozco dónde es que duele.

¿Qué pasa cuando pierdes la fe?

¿Es posible ver más cuando cierras los ojos que cuando los tienes abiertos?

Eso me pasa.

 

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Me dijeron que de mí ya no saben que esperar. Ja… me les reí en la cara. ¿Y yo? Yo tampoco sé que esperar de ellos. Ni si quiera espero nada. Porque ya sé que todos sus juegos asquerosos, de toda la mierda que hay detrás del supuesto papeleo y los sacos con corbata. Me tienen miedo.

Tienen razón. Yo tampoco sé que esperar de mí misma. A veces no sé quién está dentro de mi cabeza. No la entiendo. Pero a diferencia de ellos, a mí no me preocupa. No me asusta. La sigo donde sea y hasta el final. De pequeña sí que tenía miedo. Tenía tanto miedo que lo gasté y ya para estas edades no me queda nada… Miedo no dejaron en estas carnes.

Una vez que miras tu miedo directo a los ojos, que estás ahí sola parada frente al miedo, hay dos opciones: el miedo te mata o se convierte en tu amigo. Se convierte en otra cosa. Una vez que te pones de pie frente a él ya no vuelve a ser el mismo.

 

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Hoy ya nadie se habla en este piso. Ya no recuerdo si te miré a los ojos al despertar. No sé cuántos días han pasado sin reír juntos por alguna ocurrencia.

Empieza el día y tú corres a tu trabajo y yo al mío para pagar este piso donde ya no nos hablamos más.

Al llegar a casa tú te ciñes con los noticieros y yo me escondo entre los libros. Nunca pude con tanta realidad y tú nunca te llevaste con la ficción.

Hemos ido firmando papeles, acumulando tras cada firma afiliaciones, tarjetas, vacaciones, matrimonio y este piso. Unas firmas más caras que otras y entre firma y firma te perdí.

 

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Una mujer.

He hecho todo lo que no tiene que hacer una mujer y sigo siendo mujer. Me «comporté mal», no atendí a mi supuesto padre, ni a mi abuelo, y sigo siendo mujer. No lavé los platos y sigo siendo mujer. Estudié, maldije, dije lo que pienso y si es necesario lo grito. Follé con otra mujer y sigo siendo mujer. Les perturba. Se dan cuenta de que puedo con todo y les asusta. Me enorgullece ser mujer, no me detiene, y eso les ofende. Porque en su mundo ese no era el plan pero en el mío sí.

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