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ELLAS ESCRIBEN

Cura de mar. Carla Santángelo

Las primeras escrituras de las que tengo recuerdo son aquellos diarios de infancia en los que escribía cosas como «me gusta la naturaleza». La llegada de la escritura o a la escritura (como diría Cixous) fue muchos años después, durante la edad adulta, y tuvo varios encuentros y desencuentros. Nunca fue un ejercicio de continuación. Ni siquiera hubo una apertura real o una aceptación de la escritura como posibilidad.

 

Los primeros impactos se dieron con Memorias del subsuelo, de Dostoyevski. «Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso». Aquel monólogo interior funcionó en mí como desencadenante de algo que existía como un agua subterránea. Aquel líquido subyacente estaba, siempre estuvo y no sé cómo lo sé, pero solo después de leer ese libro me desbordó.

 

Quizá fue la repetición de la palabra «indecible» (¿qué era todo aquello que no podía decirse?) o las descripciones sobre el páramo, sobre la estepa simbólica. Quizá Siberia me pareció un buen lugar para la soledad absoluta, para la posible locura, para la no-palabra. Quizá de ese casi abismo surgió mi pánico adolescente de enmudecer y entonces quise escribir.

 

Empecé a pensar en Rusia. En San Petesburgo. En el viaje como alimento de la escritura. Leer me servía para atravesar paisajes. Atravesar paisajes me servía para viajar mentalmente y para pensar en escribir, pero no para escribir. La escritura era un anhelo. Un erotismo íntimamente ligado a la idea de escapar de mi casa.

 

El primer diario de viaje que escribí fue uno que compré en la India. Tenía las tapas de cuero marrón y un cordoncito que se anudaba alrededor. Cuando vuelvo a ese diario me parece todo más inocente y más genuino. Había un intento de transformar el registro, un artificio torpe, pero aun así el bruto, la anotación pura, resistía.

 

Ahora miro al diario como primera escritura y como primer regreso a la escritura. Como forma de la escritura. Pero en aquel tiempo la escritura era «lo grande», «lo inasible», algo que había que ganarse. Y yo solo escribía anotaciones y fracasos de ensayo para la universidad. Por eso me conformaba con el deseo; con la lectura.

 

Cuando me fui de España y llegué a Buenos Aires, es decir, cuando logré huir, la distancia produjo una ruptura y lo que se convirtió en anhelo fue el hogar. De forma casi orgánica empecé a leer cartas. De Joyce a Nora, de Kafka a su padre, de Anais Nin a Henry Miller, de Cortázar a Pizarnik, de Pizarnik a Ocampo. Lo epistolar me convocaba. Empezó a aparecer la necesidad de una interlocución explícita en la escritura. La construcción de un tú que estuviera presente en lo textual.

 

Hubo una carta que se filtró en mis diarios porque trajo una idea. Una a la que todavía vuelvo. Le escribe Dalí a Lorca: «iré a buscarte para hacerte una cura de mar». A partir de ese momento, todo lo que necesitaba podía saciarse con una «cura de mar». Todo mi deseo estaba concentrado en hacerme a mí misma una «cura de mar». En que llegase alguien y me dijese que quería hacerme una «cura de mar».

 

Mi relación con la escritura es inevitablemente geográfica. Siempre me interesó lo cartográfico de la escritura pero también el vínculo de quien escribe con su entorno. Con el afuera. De hecho, Diario del afuera, de Ernaux, fue lo que siempre intenté escribir y nunca pude. En ese diario confluyen el registro puro (aquello que encontré de una forma naif en el diario de la India) y la exterioridad.

 

Intento escribir sobre la ciudad pero solo consigo escribir desde la ciudad. Siempre hay un diálogo de una geografía presente (Buenos Aires) y una geografía pasada (el Mediterráneo). Ahí detecto un intento de reconstrucción de la memoria propia. Ese es el centro de mi obsesión. El miedo a perder el relato propio y con el relato propio perder la infancia, los recuerdos. Perder las costumbres, perder el menorquín (la lengua materna), perder las palabras que me unen a mis amistades (tía, qué coño haces allí, qué rara te has vuelto). De nuevo: el miedo a enmudecer. Por eso la escritura como restitución.

 

Otra cosa que me ocurrió en Buenos Aires fue el descubrimiento o la revelación del poema. A finales del año 2014, estaba leyendo a Pizarnik en el sillón y cerré el libro como quien da un portazo. Entonces entendí la lectura como incomodidad y la escritura nunca volvió a ser lo mismo.

 

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como a dos animales pequeños

perdidos en el desierto.

 

Cada vez que leo un poema entiendo que todo lo que escribo son poemas frustrados. Que escribo diarios para que de ahí surjan poemas algún día. Para no olvidarme del destello del que nace un poema que no termina de nacer.

 

Cuando persisto en el afuera es el único momento en el que la escritura me hace feliz. Por eso últimamente estuve concentrando el deseo en la naturaleza. Reescribiendo mis diarios de viaje. Releyendo a Thoreau. Atravesando un campo de hinojo, persiguiendo a los perros del cementerio, mirándole el lomo al caballo. Me encantaría estar afuera de esta habitación. Que la escritura no reflexionase. Solo registrar. Hacer un registro minucioso sobre el cuerpo de un pájaro, sobre el movimiento de los cangrejos. A lo mejor es más simple y sufro en la ciudad porque «me gusta la naturaleza».

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